INDAGACIONES-I-LA MARIPOSA

Tántalo Pausanias siempre quiso ser detective. De pequeño devoró los libros de Conan Doyle, de Agatha Christie y los cuentos de Poe le parecieron formidables. Emulaba, en su imaginación, en sus juegos de infancia, actitudes y posturas de Sherlock Holmes, de Hércules Poirot y de Auguste Dupin. También sufría con caricaturas del género detectivesco y una que otra serie o película americana que sus padres le permitían ver.

Gustoso, Tántalo pasaba horas imaginándose a sí mismo resolviendo crímenes como rompecabezas, se imaginaba no en una oficina sino en el campo donde robos o asesinatos se reproducían. También imaginó ser visitado, como Sherlock Holmes, por personas pidiéndole sus servicios. También siendo perseguido por matemáticos o científicos dispuestos a acabar con personas, con gobiernos, con el mundo. Perseguido, claro está, por la sagacidad y por la astucia de saber los nombres de sus enemigos, de la existencia de sus enemigos.

Conforme fue creciendo, también, las ilusiones o sueños fueron desmoronándose. Al no encontrar amigos con quienes disfrutar de aquellas imaginaciones, persiguió otro tipo de delirios como los propios del amor infantil y adolescente y también, la rápida decisión de ser alguien en la vida.

Llegó un momento en que lo detectivesco pasó al plano del olvido y dedicó sus horas de estudio profesional a la cinematografía y por las tardes trabajaba sirviendo refrescos y botanas en un cine.

Para Tántalo, incluso, la vida social le era todo un sufrimiento. Detestaba las reuniones familiares, encuentros ajenos a su círculo más cercano y para concertar citas románticas tenía prácticamente que estar decidido a perder el tiempo porque nada se concretaba. Dios, pensaba Tántalo, no podía decir que no lo intentaba.

Estuvo en la carrera de cine durante un par de años y después decidió abandonarla y dedicarse a pasear por las mañanas con la cámara por la ciudad. Comenzó a encontrar un enorme placer al grabar rostros que no se percataban de ser grabados. Principalmente rostros de mujeres adultas. Iba a los cafés a aparentar leer y de un momento a otro sacaba la cámara, la encendía y hacía zoom para grabar aquello que disfrutaba. Meseros y algunas personas se le acercaban para increparlo, pero él mostraba su credencial de estudiante de cine y se justificaba diciendo que grababa únicamente escenas de relleno para un cortometraje. Cuando le preguntaban de qué trataba él decía que se basaba en una historia de amor como las de siempre porque a los profesores sólo se les ocurrían historias de amor.

Su colección de videos fue haciéndose mayor e incluso vivió la transición de lo análogo a lo digital y el disco duro de su computadora estaba repleto de videos de rostros de mujeres que en ocasiones observaban la cámara, en ocasiones sonreían para la cámara, en ocasiones sólo se volteaban, en ocasiones la miraban serias. Tántalo tenía un hábito de nombrar aquellos rostros por lo que los archivos estaban guardados con nombres hipotéticos de mujeres y las fechas en las que ocurrían las grabaciones. Con el tiempo, más de diez mil rostros integraron esa colección.

Decidido, Pausanias quiso abandonar aquel hábito poco común y, después de mucho tiempo, pisó una librería y pidió una recomendación sobre un libro basado en crímenes. Le recomendaron El coleccionista de John Fowles y una vez comprado, fue al café a leerlo.

Para su sorpresa, Pausanias pasó horas devorando aquel libro identificándose con Frederick y su colección de mariposas. Él, se dijo, coleccionaba rostros, rostros de mariposas maduras y justificó demasiado las acciones del protagonista contra Miranda.

Terminó el libro en un par de días y, en su cuarto, abatido, hizo un plan para salir definitivamente de la casa de sus padres y hallar un hogar para él y para su colección.

Fue entonces que pidió tiempo completo en el cine y el gerente que lo conocía se lo concedió con la condición de firmar un contrato de seis meses y después, según las pruebas y resultados, vería la forma de extenderlo a más tiempo. Tántalo aceptó y poco a poco fue ganando más dinero para su cometido.

Debido a que por las mañanas no podía ir a cafés a grabar, comenzó a cargar con su cámara y retomar el hábito de coleccionista en su trabajo. Cuando no había mucha gente grababa durante breves segundos los rostros que deseaba pero cuando la visita al cine era asidua acomodaba la cámara en un lugar no muy vistoso y grababa por horas. Cuando llegaba a la casa de sus padres descargaba aquel tiempo de grabación y pasaba horas editando aquello que le interesaba.

Después de seis meses, contando con más dinero y más rostros, salió de la casa de sus padres y pudo pagarse un departamento cerca del cine. Lo amuebló de manera muy austera pero encontró satisfactorio que el departamento contara con dos cuartos aparte del baño. Comenzó entonces a pintar, a acomodar y a jugar con los espacios como su mente ideaba el lugar propicio para habitar y coleccionar. En uno de los cuartos acomodó la computadora, sus cámaras y sus libros. En la sala acomodó una pantalla de cincuenta y cinco pulgadas y en su cuarto apenas la cama y un escritorio. La cocina contaba con una pequeña barra por lo que, según él, no era necesario comprar un comedor y adquirió solamente un par de sillas altas.

Su rutina seguía siendo la misma: trabajar en el cine y ahí grabar los rostros de mujeres, principalmente maduras. Cuando llegaba de su empleo, conectaba la cámara a la pantalla y ahí, entre la cena y cigarros, veía sus grabaciones y anotaba en la libreta el minuto y el segundo en el que aparecía un rostro de su gusto.

Fue, en una de esas madrugadas que encontró uno en particular, uno que en el archivo aparece como Matilde.

Emocionado de una manera irreconocible, detuvo el video y después sintió la ansiedad al saber que, probablemente, ese rostro pudo aparecer en videos anteriores. Sintió un fulgor perturbador y fue al cuarto de cómputo y en su ordenador comenzó a buscar la casualidad de ese rostro. Tonto, se dijo, tonto por haber borrado los videos completos y quedarse con breves segundos de otros rostros. No me interesan esos rostros, quiero el de Matilde, repitió, ¡quiero el de Matilde! Entonces recordó que tenía los videos completos de la semana anterior y rápidamente fue buscando en cada grabación la figura de Matilde. La halló el martes a las seis de la tarde y fue hacia la pantalla y vio la hora en la que Matilde había aparecido: también seis de la tarde, también del martes. Matilde, parecía, tenía un horario de visita al cine que escribió Tántalo en su diario: M-M-6. Y encendió un cigarro frente a la pantalla, frente a Matilde sonriendo, frente a la mariposa…

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