PRIMERA PLANA

Nadie advirtió sobre su muerte hasta que el olor y el río de sangre eran inevitables. En el café, Julio, sentado y con el cuerpo ligeramente echado atrás, fallecía desangrado frente a una taza de café y un periódico a punto de caer de la mesa. El perito, Alonso Montes acomodó cinta y conos para prohibir cualquier tipo de acercamiento al cuerpo desangrado. De ahí, el detective Camilo Flores y otros policías hacían las indagaciones para saber qué era lo que en realidad había pasado.

El cuerpo, extrañamente, no tenía ningún agujero, ninguna bala había viajado y perforado el cuerpo. Tampoco había cuchillo alguno que hubiera hecho pensar en una especie de suicidio o robo. En los videos captados por la cámara nunca se vio a Julio incorporarse del asiento para ir al baño y, en el ínter, sufrir algún percance.

Nada, nada había como prueba definitiva para saber lo que había pasado. Se les cuestionó a los pocos clientes que quedaban, también a los meseros y a la jefa de piso, Rosa, quien tiempo atrás había tenido un amorío con el detective Camilo Flores. Pero la realidad no presentaba ningún tipo de pista y el cuerpo de Julio dejó de gotear sangre y su descomposición se hizo inminente.

El detective no quería preguntar nada sobre el cuerpo, más bien, aisló un poco a Rosa para preguntarle sobre su relación, sobre su amorío, sobre aquellos mensajes sin contestar y esas llamadas telefónicas enviadas a buzón. Rosa le dijo que estaba harta de ser la otra, que si algo quería realmente era, o el divorcio de él o la total distancia. Camilo, desencajado, decía que eso era imposible, que Joaquina le tenía agarrado de los huevos porque no quería dejar de ver a sus hijos. Rosa le hizo gesto de “pues si no es así entonces nada” y él intentó abrazarla y besarla y ella le dijo que no, que no era el momento o que, más bien, nunca más iba a volver a ser momento.

Fue entonces que el perito Montes llegó con el detective y le dijo que había algo extraño, que la narrativa del crimen parecía ser algo planeado debido a la plana del periódico que apenas se aferraba a la mesa para no caer. Cuando cruzaron la cinta y los conos, Montes le dijo al detective que leyera aquella página y, efectivamente, el título decía “Río de sangre en la capital. Se desconoce perfil del asesino”. Para ser un periódico amarillista, pensaba el perito, eran bastante elegantes. Camilo encendió un cigarro y le dijo a Montes que se dejara de pendejadas, que si ese era el gran paradigma o la gran pista, que no le hiciera perder el tiempo y volteó a buscar con la mirada a Rosa quien, afuera del café, discutía con un par de policías para que la dejaran ir.

Volvió con ella, le dijo a los policías que la disculparan y, separándola un poco también del bullicio que comenzaba a generarse, le dijo que estaba muy enamorado de ella, que le diera chance, que recordara los besos y los pellizcos, los regalitos que le dio, los perfumes y las flores, el vestidito negro, los tacones que le dio en navidad. Yo no quiero eso, le dijo Rosa quien dejaba sacar un par de lágrimas que se recostaban en sus labios rosas y carnosos. Yo no quiero eso, Camilo, yo quiero tu amor, y, como si fuera una telenovela mal producida, Camilo la abrazó y le dio después un beso en la boca sabiéndole a lágrimas y a tabaco rancio. No puedo dejarte, Rosita, le dijo Camilo separándose levemente de su rostro. Déjala, dijo ella, deja a tu mujer por mí, vámonos lejos, al norte, hagamos otra vida. Mientras estos destellaban su telenovela de bajo presupuesto, al otro lado, el perito buscaba esa narrativa en el cuerpo de Julio que daba indicios de misterio. Este cabrón, dijo, ¿qué carajos te pasó?.

Pasaron las horas y Montes, afuera, fumaba intranquilo. Ya pronto iban a llegar a levantar el cuerpo y fin de la narrativa porque sale caro andar indagando en el lugar de los hechos. Vio que la mujer que antes había estado con el detective estaba en el asiento de copiloto de la patrulla y que tenía ese encanto particular de las mujeres que son especialmente blancas, pálidas. De un momento a otro comenzó a sentir una erección y pensó en la palidez de los cuerpos, en los rostros pálidos. Se sintió avergonzado, culpable, desdichado al saberse potencialmente trastornado, al saberse ligado a ese tipo de características corporales y recordó que fue por eso que estudió criminología, que fue por eso que quiso dedicarse al peritaje, para estar cerca y lejos de esos cuerpos que le daban un placer indescifrable pero también, perverso, terrible.

Salió de aquella imagen gracias a que el detective apareció como si fuera un fantasma y le preguntó si había alguna novedad. Ni idea, dijo, ni idea de lo que pasó. Ya me quiero ir de acá que me espera una noche de motelito, dijo el detective frotándose las manos. Ahorita vas a ver cómo resuelvo este desmadre.

Fue entonces que entraron juntos, el detective primero y el perito después y, sin guantes, sin herramientas, movieron el cuerpo de un lado a otro, sintieron el fermento del cuerpo, la tensión del cuerpo. Camilo, de un momento a otro, se dio cuenta que el dedo índice de la mano derecha de Julio tenía una cortada profunda y larga pero también discreta y elegante. Entonces le preguntó a Montes si uno podía desangrarse por cortarse una parte del dedo y Montes se acercó a la mano y vio la profundidad de la herida. Es probable, es probable, repitió. Se quedaron viendo e hicieron gesto de extrañeza, ¿será? se preguntaron y entonces notaron que en el lado superior derecho de la página del periódico había un pequeño rastro de piel y sangre. El perito, rápidamente, salió por sus herramientas y al volver a entrar, tomó muestras del dedo. La narrativa había llegado. El hombre se había suicidado con la hoja del periódico generándose una herida incómoda, profunda. Debió de ser doloroso, pensó Montes mientras el detective Flores encendía un cigarro al lado del rostro del cuerpo pálido. Pues ya está, dijo Flores y comenzó a bolsearlo. Encontró la cartera, encontró unos billetes sueltos y una cartita en la que estaba escrito “Soy Julio Castorena y yo maté al asesino del que se habla en el periódico”. Este, dijo, este súper héroe ya me alegró más el motelito con su cartera.

El perito sólo escribió que la causa de muerte había sido por suicidio, que se había hecho la herida con el periódico y que se anduvo desangrando las horas, quién sabe cuántas, quién sabe si de verdad fue así. Pero todo cuesta y mucho más el tiempo, así que con esa historia es suficiente.

Pues vámonos, dijo el detective y ambos salieron gritando que todo estaba resuelto, que no había mucho por hacer y que se veían en un par de horas en la jefatura de policía para pasar el informe y firmarlo.

Flores se subió a la patrulla, vio a Rosa en el asiento del copiloto y se dirigieron a reencontrar ese romance que se recostaba, a veces, en los labios de ella. Prometería separarse de Joaquina pero esa plática iba a llegar después del arrumaco, de los sabores, olores y del cigarro post revolcada en el motel.

Montes esperó la ambulancia para trasladar el cuerpo. Ya en ella cerró los ojos pensando que no estaba bien todo aquello que deseaba. Y vio la palidez del cuerpo de Julio y se quitó el cinturón.

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