LAS PAREDES HABLAN

Yo fui el primero en verlo. Aquella noche me había sido imposible dormir y bajé a la cocina para prepararme un té y leer algo por el celular. Entonces, de un momento a otro, lo vi pasar rápidamente de la cocina a la sala y por más que lo busqué, no lo encontré. Era peludo y hasta donde la vista me dio, vi que tenía orejas medianas y una cola pequeña, corta. Era, suponía yo, de color gris. Moví toda la cocina, toda la sala esa noche y no encontré rastro alguno de aquel ser.

No le dije nada a Paola esa mañana y tampoco había mucho que decir. Una semana antes se había enterado que yo había tenido una especie de romance con Leticia, una compañera de trabajo. No sé bien cómo estuvo pero alguien le envió un correo electrónico con mensajes y fotografías que llegué a compartir con Leticia. No pude negar lo que había sucedido, le ofrecí una disculpa y Paola me pidió tiempo para pensar en nuestro futuro. Yo la amaba o creía amarla hasta que fui conociendo a Leticia y se despertaron en mi otra suerte de pasiones o de deseos o de ilusiones. Con Paola llevaba quince años de casado e hicimos a un lado el intento de tener hijos. Con el tiempo, lo sé, nos fuimos separando silenciosamente, dejaron de suceder esos matices de matrimonio feliz y todo se convirtió en una rutina ligada al mínimo sexo y al mantenimiento de un hogar sentenciado por deudas y vacío.

Yo sé que Paola me fue infiel, no hace mucho. La vi salir del gimnasio una noche que regresaba del trabajo. Ese día mi auto no circulaba y la estación del metro quedaba un poco alejada de la casa. Entonces, al caminar a casa la vi tomada de la mano de un chico, me parece, diez años menor que ella. Se besaban cada que podían, se tomaban de la mano pocos segundos; ella solía voltear, solía ver a su alrededor preocupada, probablemente, por ser descubierta. No le dije nada porque la vi feliz y pensé ¿cómo uno puede reclamarle a alguien el ser feliz?, ¿cómo uno puede prohibir, aunque sea, una felicidad momentánea? Nunca se lo pregunté y tampoco nunca le dije que le había visto no sólo esa vez, sino otras más, al lado del joven.

Cuando Paola me preguntó sobre Leticia y me hizo culpable de la destrucción de nuestro matrimonio supe que ella, realmente, me amaba. ¿Por qué yo no pude reclamarle algo?, ¿por qué me hizo feliz saberla alegre, deseada, ilusionada? Era simple pero me era imposible decírselo: yo no amaba a Paola o creía ya no amarla.

Durante esa semana nada cambió en el hogar, el silencio era el mismo, nuestros gestos, nuestra rutina de baño, nuestra rutina del desayuno y la cena, todo era lo mismo, excepto el espacio en el que dormíamos. Paola me sugirió dormir en el cuarto que alguna vez designamos para nuestro hijo y que ahora era más bien un espacio repleto de electrodomésticos echados a perder, un espacio para el árbol de navidad que ya nunca colocamos así como para adornos y ropa vieja. Yo la escuchaba por las noches llorar y me lamentaba por no decirle que en realidad no la amaba, que yo sabía que podía ser feliz al lado del joven o de otro hombre, ¿qué me detenía a hacerlo?

Después de aquella noche, cuando vi a aquel extraño ser cruzar la cocina y desaparecer en la sala, la casa comenzó a presentar síntomas de descomposición. La cañería olía terrible y a veces, en los inodoros, había restos de aguas negras. Los focos comenzaron a tronar, el refrigerador se descompuso y la poca comida que había en él se pudrió. Aquella tarde que me di cuenta de eso, mientras arreglaba el refrigerador con el poco conocimiento que tenía, volví a ver al ser cruzar, ahora, de la sala al baño que estaba debajo de las escaleras. Una vez más lo andaba buscando y no encontré nada. Ya exhausto de buscarlo y de arreglar el refrigerador a como entendí el manual de mantenimiento que descargué en mi teléfono, me senté en el sillón y prácticamente este se desfondó. Al incorporarme y al sacudirme el pantalón noté que estaba repleto de insectos secos, triturados y que despedía el sillón un olor terrible. Paola bajó con el rostro hinchado porque estaba llorando y me preguntó qué olía tan fuerte. Le mostré el sillón, el tapiz despedazado y el complejo de insectos y de larvas secas que, parecía, habían vivido un tiempo dentro del sofá. Me pidió que sacara el mueble y así lo hice. Ya afuera tuve la curiosidad de romper todo el mueble y, una vez fui por mi herramienta, comencé a cortar el tapiz y a llevarme la sorpresa de que el sillón estaba, prácticamente, relleno de insectos. No entendía por qué olía tan mal ya que, en mi entendimiento, no había bicho alguno que despidiera un olor tan nauseabundo.

Fue entonces que Paola salió hacia donde yo estaba y, nerviosa, me dijo que había visto algo raro subir al primer piso y que no le prestó atención hasta que comenzaron a escucharse ruidos extraños en el cuarto en el que yo dormía. Tomé el martillo y le dije que me esperara ahí. Al entrar a la casa aún se sentía el ambiente putrefacto y subí las escaleras con el estómago revuelto. Al llegar al cuarto, efectivamente, escuché al ser moverse entre las cajas de los electrodomésticos abandonados, también sonaban las campanas navideñas que nos funcionaron alguna vez de supuesto adorno y felicidad, después escuché las uñas o pezuñas del ser rascar la pared. Pensé que todo iba a ser mucho más fácil de lo pensado. Fue así que poco a poco fui sacando las cosas, las fui colocando junto al sillón y Paola me preguntaba si estaba bien, si ya lo había encontrado, que qué era, que si quería mi ayuda. Le dije que no, que no era necesario, que yo me encargaba. Cuando el cuarto estuvo casi vacío vi, al lado de la caja de ropa que le compramos al hijo que nunca tuvimos, un hoyo enorme, profundo. Justo cuando estaba por acercarme, el ser asomó su cabeza. Sus ojos eran rojos, estaba casi pelado por todo el rostro y me mostró sus pequeños colmillos. Después, uno a uno, fueron asomándose seres parecidos a él, mucho más pequeños, supuse, entonces, que ella era la madre y los pequeños sus bebés. Después, se fueron metiendo de a uno en el hoyo y logré escuchar, en el interior de la pared, sus gemidos, sus respiraciones, sus pezuñas raspando su supuesto hogar.

Creo que todo cambió cuando el doctor nos dijo que jamás podríamos tener hijos. Paola y yo enmudecimos un tiempo, también en lo sexual. Después sucedieron los enojos, los gritos, los reclamos y también, los engaños. Una noche Paola me dijo que yo era el culpable, que era impotente, que no hacía bien las cosas y recuerdo haber salido desesperado al auto, lo encendí y anduve, creo yo, bastantes horas manejando sin rumbo. Cuando llegué, Paola me pidió perdón, me dijo que siempre había sido yo un buen hombre, que lo del hijo era, probablemente, una cuestión del destino.

Al ver aquella familia de seres me hizo revivir aquellos momentos de intento familiar, vi el rostro de Paola reclamándome, vi a nuestro hijo imaginario jugando en ese cuarto habitado por monstruos. Corrí entonces a la cocina, saqué del refrigerador un queso y jamón que había rescatado tras la descomposición del refrigerador, tomé un poco de veneno y, al salir donde estaba Paola, busqué entre todas las cosas que había sacado, un poco de cemento y de arena que había guardado hace tiempo. Ya con todo, subí al cuarto y ahí preparé la mezcla, preparé el alimento, preparé el veneno y, una vez hechas ambas mezclas, fui poniendo todo en su lugar. El alimento envenenado lo introduje en el hoyo de la pared y fui resanando, de alguna forma, aquel agujero. Después, le dije a Paola que entrara y que me acompañara al cuarto.

Ya ambos ahí, le expliqué lo que había sucedido y ambos nos recargamos en la pared para escuchar a los seres destruirse. Fue así que las uñas comenzaron a sonar más, sonidos extraños, creo yo, de desesperación, sonaron con más fuerza. Después se escucharon las uñas intentando raspar la pared, también una especie de ladrido o de bramido, no sabría decir qué fue. Con el tiempo, poco a poco, todo fue cediendo, descansando. Esa noche, Paola y yo dormimos juntos.

Tras la peste, un plomero nos ayudó con la revisión de la tubería y, una vez fue destruyendo todo para poder verificar si los tubos estaban en buenas condiciones, fueron saliendo, cada vez más, cada vez menos, insectos y cuerpos de aquellos seres que estaban generando una plaga pavorosa en la casa. Fue entonces que decidimos, Paola y yo, separarnos mientras arreglaban la casa.

La separación duró lo suficiente. Decidimos vender la casa y seguir, cada quien, por su camino. Mucho tiempo después la encontré en un café, cargando un bebé de ocho meses. Nos saludamos con esa gracia satisfecha que se da, tiempo después, al encontrar a alguien que probablemente no se llegó a amar pero con quien se compartió, como en este caso, un tiempo significativo de la vida. Platicamos del presente, de nuestros empleos, de nuestras parejas y también, de los seres, de cuando los advertimos, de cuando, probablemente, comieron el veneno e intentaron salir de aquella convulsión.

Me despedí de Paola sabiendo que jamás iba a volverla a ver.

Tampoco volví a ver, en mi vida, a los seres.

Tampoco sucedió más nada.

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