Diáspora

Néstor manejaba por la carretera a ciento cuarenta kilómetros por hora. Iba bien, escuchaba una mezcla de blues y corridos mexicanos. La carretera le parecía exageradamente tranquila y, a lo lejos, un amarillo en el horizonte le hacía recordar los lejanos amaneceres con Sonia, amaneceres entre cigarrillos, café, un pan con huevo, baños tibios y buscarse entre los labios y entre las sábanas.

Sentía también el calor intranquilo, el calor abrumador de las carreteras del norte, carreteras secas, carreteras ásperas. Se detuvo al lado de la carretera como solía hacerlo cada vez que sentía aquella temperatura, bajó del auto, abrió la cajuela y sacó de ahí su hielera que dentro tenía unas cuantas cervezas. Se quitó la playera y el estómago cayó libre sobre el botón del pantalón de mezclilla. Sacó de la guantera un bloqueador de sol, se lo aplicó en aquella piel levemente tostada y se recostó en la llanta trasera para observar el horizonte que asomaba naranjas, amarillos, cafés. Bebía y pensaba en Sonia. Él la conoció justo cuando decidió olvidarse de la literatura, de la escritura. Néstor siempre quiso ser escritor pero, en realidad, nunca tuvo chance alguna de que por lo menos un poema suyo pudiera publicarse. Lo intentó varias veces mandando sus versos a periódicos o editoriales bajo el seudónimo de “Bustamante” pero jamás recibió noticia alguna. Trabajaba en un restaurant, solía preparar cafés y a veces sandwiches de doble piso.

Cuando se hartó de la literatura también renunció al restaurant, y, ese mismo día de su renuncia, al subir a su auto viejo pensó que en realidad, ambas renuncias, le dejaban todo devolviéndolo a la nada. Mientras manejaba, pensaba que ya estaba todo decidido, que quince años en lo mismo ya eran una suficiente señal para el suicidio. Compró en el súper mercado una cantidad considerable de cervezas y se encerró en su departamento por una semana. Fue entonces que comenzó a tirar libros, a tirar sus diarios, a tirar sus intentos de libros de poemas y hasta formateó su computadora para borrar cualquier rastro poético. Entonces Sonia tocó a su puerta, él abrió entre polvareda de libro y recuerdos, entre olor a cerveza y cigarro, entre sonambulismo y desempleo y ella le contó que una cobija suya había caído en su azotehuela, que el viento había estado fuertísimo y que si por favor, podía devolvérsela. Néstor, entre la pobreza de la renuncia y el hartazgo del destino que no deseaba fue a la azotehuela, recogió la cobija y se la entregó. No dijo nada, sólo la entregó y cerró la puerta. Sonia regresó a su departamento porque tenía que bañar a su padre enfermo.

*

¿Por qué nos devolvemos a los lugares que nos entregaron soledades?

*

Néstor sentía que sus versos, sus poemas, no alcanzaban lo que él quería, que no eran lo suficientemente emocionales, que más bien parecían canciones pop mal cantadas. Mientras terminaba su cerveza e incendiaba otro cigarro, recordó cuando volvió a ver a Sonia, cuando en la azotea del edificio fumaba y ella había subido a lavar su ropa. A pesar de llevar poco más de un año viviendo ahí, Néstor jamás la había visto hasta aquella vez, cuando ella le pidió la cobija que había caído en la azotehuela. Sonaban los automóviles, a lo lejos algunos perros ladraban, también un corrido sonaba a la lejanía, los vendedores a pie anunciaban sus productos gritando. Ya el viento se ha aplacado, le dijo entre ruborizado y nervioso y ella le dijo que sí y que también fortalecía más las prendas con cuatro ganchos, sobre todo las cobijas. Le ofreció un cigarro y Sonia aceptó, dejó el cesto de ropa y comenzaron a fumar ambos observando el cielo amarillo difuminándose entre rojo y azul. No dijeron nada, sólo escucharon el corrido lejano mientras fumaban, seguían el ritmo apenas moviendo la punta del pie de arriba hacia abajo. Cómo extraño el otro lado, dijo él y ella dijo que extrañaba no sólo el otro lado, sino también la vida.

*

¿Qué es el otro lado?

Una huída latente

Una persecución que devuelve soledades

Olvido, lodo

Palabras que piden olvidar la sangre

Deseos de retorno…

Dejé de ser de tierra,

soy de arena.

*

  • ¿Desde cuándo no vas?
  • Llegué a los siete años. No he vuelto.
  • ¿Por qué escapaste?
  • Porque no hay nada allá.
  • ¿Solo?
  • No, con una hermana. ¿Y tú? ¿desde cuándo no vas?
  • También llegué a los siete. Sola. Después llegó mi padre. Tampoco regresé.
  • ¿De verdad quieres volver?
  • Extraño las piedras húmedas, los pájaros mojando los picos en el río. Extraño sonreír.
  • Si no hemos vuelto ¿por qué extrañamos?
  • Porque siempre nos esperan.

*

Las palabras las divide el desierto.

*

El padre de Sonia murió a los seis meses desde lo de la cobija. Néstor escuchaba pasar camiones, automóviles, tractores cerca de su auto. La sombra se perdía y daba pie al amarillo total. El horizonte se perdía entre la arena. No había carretera, sólo un amarillo espeso que quemaba cada segundo del tiempo. No había cielo, a esas horas el cielo es inexistente y todo es un reflejo del fuego. Se incorporó, se estiró y comenzó a orinar. Vio el vapor inmediato, las leves huellas del agua se perdían entre la arena y el calor, también entre el asfalto que cada vez incendiaba más. Poco tiempo pasó y cerca de él se estacionó un auto. Compa, le dijo el hombre del auto, ¿para allá se vuelve? y Néstor le dijo que iba bien, que faltaba poco para volver. ¿Y usted vuelve?, le preguntó y Néstor sólo contestó que lo estaba pensando, que en realidad lo estaba pensando.

*

Néstor tiene un hábito extraño. Maneja cerca de la frontera una vez a la semana. Me ha dicho que es ahí donde se debate entre volver o quedarse pero ¿a dónde uno realmente vuelve? ¿en dónde uno realmente se queda?

*

Al funeral llegaron sólo algunos amigos de su padre, ningún otro familiar más que Sonia. La cruzaron al otro lado unos amigos de su padre. Se sabían el camino entre el desierto y la supuesta esperanza pero ella era muy pequeña para entender que sus padres y hermanos la entregaban hacia el todo, abandonando para siempre la nada. Tiene pocos recuerdos, principalmente aquellos relacionados con el frío y el sonido de animales desconocidos. También recuerda la arena en los zapatos y después en las llagas. Recuerda el dejar, en cada grano de arena, un gramo de su infancia. Cruzaron corriendo, separándose otros. Ella se quedó con los amigos del padre hasta que él llegó por ella, tiempo después. Entonces sólo eran ella y él viviendo la esperanza cubiertos de huida y de labores anónimas, fantasmales. Poco a poco la suerte fue cambiando pero siempre entre ellos había un código que no les permitía hablar del origen, de la tierra, de las piedras húmedas. Siempre piensa en su familia como si esta estuviera hecha de piedra. Hablaba poco por teléfono con sus hermanos, con su madre, y después supo que sus hermanos intentaron cruzar pero no corrieron con la misma suerte. Supo que a su madre le dio leucemia y todo pasó muy rápido. Su padre no soportó vivir del lado prometedor y se culpaba todas las noches la soledad que le entregó a su familia, excepto a Sonia. Poco a poco fue diluyéndose entre culpas y alcohol, después enfermó y por años ella lo estuvo cuidando hasta que una madrugada, después de haberle entregado un distinto cielo a Néstor, llegó ligeramente flotando al lecho de su padre y se dio cuenta que este ya no respiraba. Dejó de flotar y los pies le pesaban terriblemente. Cayó al suelo y comenzó a llorar recordando aquél río en el que los pájaros se detenían para mojar sus picos.

*

El tiempo también fue acrecentando las distancias de ambos. Si bien se veían casi diariamente, Sonia solía detenerse en silencios de larga pausa. Néstor le visitaba y ella insistía en que se dieran un espacio callado de tiempo. Poco a poco dejó de frecuentarla y a veces se saludaban únicamente sonriéndose entre escaleras o al abrir la puerta del edificio. Los encuentros se convirtieron en engaños crueles del destino. Dejaron de decirse, de nombrarse y ambos cayeron en el desafío de olvidarse. Una tarde quiso visitarla y al llegar a la puerta vio que estaba pegado en ella un letrero que decía “Se Renta”. Tocó la puerta sabiendo que al otro lado la respuesta sería nula. Subió a la azotea y ahí encendió un cigarro y el cielo comenzó a colorearse en grises. Las bocanadas se perdían en el rumbo del viento. Comenzó a llover. Del otro lado, comenzó a llover.

*

Huimos siempre del amor que inciertamente nos detiene.

*

El cielo comenzaba a enrojecerse y Néstor, en automático, tomó las latas de cerveza, las colillas de cigarro y abrió la cajuela en donde tenía una bolsa negra para la basura. Una vez colocado todo en su lugar, subió al auto y al encenderlo la música continuó su ritmo desde donde se le había dejado. Un guitarrista iniciaba un sólo que Néstor, sabía, duraba cerca de tres minutos. Pensó en Sonia y en la vida olvidada y, con el auto encendido, bajó y vio nuevamente el horizonte incendiado. Comenzó a caminar tomando valor de su respiración y del cielo y comenzó a adentrarse en el desierto escuchando, cada vez más lejos, el motor del auto. Mientras los pasos se sucedían, veía él que su cuerpo comenzaba a derretirse, que comenzaba a fundirse, cada vez más, en la arena. Caminaba y se hacía más pequeño, los pies, las piernas, el torso, todo, de abajo hacia arriba, se fundía hasta que le fue imposible arrastrarse con las manos y con los brazos. Quedó de él únicamente el retorno y, en la noche del desierto, la arena cubrió aquellos embates de fuego y memoria. Entonces, llovieron flores.

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