Memorias frágiles

GUIDO ENRIC

Yo le dije a Jerónimo que Guido Enric estaba internado en el hospital. Jerónimo me dijo que cómo iba yo a creer eso, que era imposible, que nadie sabía quién demonios era Guido Enric, que sabíamos sobre sus poemas pero que nadie sabía bien nada de Guido Enric, que nadie lo había visto, que nadie sabía bien quién era. Y, aun así, fuimos al hospital, Jerónimo me acompañó y le conté por qué creía que el poeta que ambos admirábamos con muchísimo ahínco estaba en el hospital.

Unas horas antes, a las seis de la mañana, cuando iba de salida al trabajo, vi en la esquina un tumulto de gente alrededor de una motocicleta que se alcanzaba a ver destruída y también alrededor de un cuerpo que yacía en el asfalto soltando improperios. Como suelo ir caminando al trabajo, me detuve un rato ahí y pude ver rasgos en el cuerpo que me decían a todas luces que era el poeta. Estos rasgos se sabían por los chismes latentes en internet, alguna que otra fotografía borrosa pero nada concreto. Así, vi que tenía cicatrices en el rostro, llevaba el cabello largo, era de estatura mediana, tenía un ligero parecido a Kurt Cobain. Pregunté si alguien sabía quién era y todos, absortos en el cuerpo que yacía, guardaron silencio. Me atreví a revisarle los bolsillos y vi que su licencia de conducir tenía escrito otro nombre que no viene a cuento. Sabía que era el poeta y entonces le dije, Guido, tú eres el poeta Guido Enric y él abrió demasiado los ojos como si me estuviera comiendo con ellos y me dijo, ándate a la  mierda y finalizó con un no le debo nada a nadie, a nadie. Que alguien debatiéndose la vida en la calle tenga energías para mandar a uno a la mierda es, sin lugar a dudas, buen síntoma. Le guardé la licencia de conducir en el bolsillo y casi diez segundos después llegó la ambulancia. Me dijeron lo mismo pero con un tono más amable, ándate de aquí, sorete.  

Cuando llegué al trabajo saludé a mis aburridos compañeros de oficina, encendí la computadora, me puse los audífonos y sintonicé algunas emisoras de radio por internet para ver si decían algo sobre Guido o quien parecía ser Guido. No pasó mucho tiempo, en una dijeron que al parecer un conductor había atropellado a un motociclista y que se había dado a la fuga. Dieron la dirección exacta de dónde había sido el accidente, pidieron reportes por parte de la gente por si alguien había visto las placas del automóvil. También dijeron el nombre del atropellado,  el mismo que estaba escrito en la licencia, pidieron apoyo con los familiares pero al parecer nadie, absolutamente nadie había llegado al hospital preguntando por el atropellado. Fue entonces cuando le hablé a Jerónimo y le dije que teníamos que ir al hospital, que pasara por mí a las dos de la tarde al trabajo y que, seguramente, esa misma tarde él conocería a Guido y yo lo volvería a ver pero bajo una circunstancia más tranquila.

Llegó Jerónimo como casi siempre suele llegar, todo despatarrado, despeinado y apestando a cigarro y el portero llamó a mi oficina y me dijo que el vagabundo ya había llegado. Sabíamos bien a quién se refería. Nos saludamos como siempre y Jerónimo dijo que había estado investigando y que probablemente el cuerpo que estaba en el hospital mandando a la mierda a medio mundo era, muy seguramente, el de Guido Enric. En el camino, antes de ir al hospital, paramos en un carrito de hot dogs y comimos cerca de unos cuatro con queso y tocino y tomamos un par de coca colas bien frías. Discutimos un poco sobre la poesía de Enric, sobre su manera de escribir, sus versos rebeldes, de su caótica forma de llamar las cosas por su nombre. Nos gustaba mucho el libro Escatológicas que tenía poemas que bien podían ajustarse a canciones de punk rock tipo Sex Pistols o los Ramones. Una vez hablamos a la editorial haciéndonos pasar por organizadores de una feria internacional del libro. Le dijimos a la secretaria que queríamos hablar con el editor en jefe sobre Guido Enric. Nos dejaron esperando en línea unos diez minutos hasta que nos contestó la voz de un hombre que, aseguro, estaba comiendo algo. Tenía la voz como de un gordo a punto de estallar y me preguntó que qué quería y le dije que quería invitar al maestro Enric a la feria y me dijo que el poeta sólo envía los poemas por correo, que una mujer cobra el cheque, que es imposible, realmente imposible verlo, localizarlo. Jerónimo y yo sabíamos que esa editorial lo había publicado siempre y le dije al gordo que no me creía el cuento, que era imposible no conocer al autor, que alguien debió dejarles por lo menos los primeros bosquejos, los primeros escritos y el gordo dijo que no, que sólo sabía de la mujer que cobraba. Jerónimo y yo supusimos que probablemente la mujer que cobraba los cheques era Enric pero después descreímos ya que al parecer la mujer se convirtió en las mujeres que cobraban los cheques.

Después de los hot dogs llegamos al hospital y pregunté sobre el motociclista. Me preguntaron si era familiar y di el apellido que había visto en la licencia de conducir y nos permitieron entrar sólo quince minutos para ver al paciente o al enfermo, no recuerdo bien si dijeron paciente o enfermo. Entramos y vimos que Enric compartía habitación con cinco más. Al verme, el motociclista me pidió que lo dejara de seguir y le dije que sólo quería saber si él era el poeta. No, sorete, no soy poeta y el enfermo de enfrente nos pidió silencio, que no era lugar para discutir. Entonces Jerónimo, al verle el rostro, las cicatrices y todo lo que yo le había contado le dijo, hombre, no te hagas pendejo, eres Enric, y el motociclista comenzó a gritar, a pedir ayuda y cuando llegó la enfermera dijo “son fanáticos religiosos, no creo en Dios, déjenme morir en paz”. No tuvieron que hacer mucho para sacarnos, en realidad nada, salimos tranquilos y, afuera, encendiendo un par de cigarros, le pregunté a Jerónimo si me creía o no. Puta, Andrés, es Guido Enric el que está ahí, y fumamos viendo el cielo que empezaba a oscurecer. Creo que estuvimos ahí unas tres horas y hubo cambio de turno. Entonces la recepcionista que nos permitió entrar antes salió y al vernos apresuró el paso y Jerónimo le gritó si el motociclista estaba bien o estaba muerto. Está más que bien, dijo, el hijo de puta se masturbó mientras una enfermera le cambiaba el suero, es precoz el imbécil, y después la recepcionista se subió a un automóvil donde saludó de beso a alguien que podía ser su esposo o su novio. Es Enric, dijo Jerónimo riéndose, es Enric sin lugar a dudas y tomamos el camino de vuelta hablando de otras cosas, de mujeres, de hospitales, de la facultad de letras.

Al mes, un domingo que había dispuesto para ver a mis padres, vi en el puesto de periódicos el suplemento cultural que reflexionaba sobre la vida y obra de Guido Enric. En la primera página salía la fotografía de un hombre adulto que lanzaba una bocanada enorme de humo a la cámara. El pie de foto decía “Guido Enric por primera vez”. Parecía Kurt Cobain con sesenta años encima, vi las mismas cicatrices que tenía el motociclista y los rasgos físicos que en internet pasaban de post en post, de video en video, de nota a nota, de fotografía borrada a fotografía con arreglos y filtros. La fotografía acompañaba una entrevista donde contaba Guido Enric su encuentro con Kerouac, con Cassady y con Burroughs en México. También habló de mujeres, también de poesía. Al final el entrevistador le preguntó por qué hasta apenas daba el rostro y Guido contestó que todo se debió a un accidente en motocicleta, sin embargo el accidente no había sucedido aquí sino en Metz, Francia, y vi más detenidamente la foto y significativamente era parecido al atropellado. Entonces fui al hospital y pregunté por él y una recepcionista diferente a la otra me pidió esperar, le dije que era un familiar, que apenas había llegado a la ciudad y que apenas se me había informado del accidente. La recepcionista dijo que según la información que tenía el hombre había fallecido la noche del día que llegó, que de un momento a otro le dio un infarto cerebral y que no hubo reclamo del cuerpo. Supuse que su masturbación había sido algo así como su último suspiro. Salí del hospital y pensé en la poesía de Enric que incluso cruzó dimensiones. Sucedió el accidente en Metz, también sucedió aquí y en ambos lugares los hombres eran Enric. Le hablé a Jerónimo por el celular y cuando me contestó sólo escuché que dijo, ya sé, ya sé, Andrés, el puto de Guido se nos fue de las manos, el muy hijo de puta se nos escapó, y comencé a llorar porque sabía que el verdadero Guido había muerto y otro, quizá su hermano, quizá un doble de Hollywood quería darle un final a la obra, un final distinto, un final normal, un final alejado de  poesía. 

LOS OTROS LUNÁTICOS

Hacía tiempo que no había vuelto a la capital, no sé cuánto pasó sin que yo volviera a pisar el suelo de batallas, resquebrajos, latidos y transparencia. De adolescente fui a vivir solo a la ciudad, me matriculé en la facultad de filosofía y letras y viví casi nueve años ahí. Salí huyendo de la capital, la ciudad se había expandido como si fuera un micro universo pero más bien era un hoyo negro capaz de deglutirlo todo. La ciudad era ya más una cloaca hirviendo, un terreno que carecía ya de remedio alguno. Volví porque Luna quería pasar un fin de semana ahí, conocer al monstruo que se engullía a sí mismo y recordé el poema Aullido de Ginsberg, recordé la figura de Moloch y recordé algunos versos que había olvidado del poema: “¡Moloch cuyos ojos son mil ventanas ciegas! ¡Moloch cuyos rascacielos se yerguen en las largas calles como inacabables.” 

Cuando llegamos, Moloch o la capital alzaba sus brazos hacia el cielo y el fuego y el smog se esparcían por todos lados; el tránsito era insoportable y el hedor era sofocante. Al llegar a la terminal de autobuses avanzamos hacia el metro y en el poco trayecto hacia el centro de la capital pensé en aquellos ayeres cuando estudiaba, cuando trabajaba, cuando los otros amores, cuando la desolación y las tripas de Moloch. Pero principalmente recordé a Jerónimo, sus pasos incipientes de poeta. Habíamos sido muy buenos amigos en la universidad, él casi la pasaba siempre en mi departamento y nos dedicábamos a fumar, a leer a los Beat, también a los infrarrealistas, también nos leíamos entre nosotros. Pero él quería ante todo ser poeta, quería dedicarle su vida a la poesía y no había más. También estaban con nosotros Florencia y Morgan, la chica americana que se había enamorado perdidamente de Jerónimo. 

Cuando llegamos al centro, mientras Luna observaba el Palacio de las Artes maravillada y en silencio, yo creía observar aquellos pasos lejanos que antes había dado ahí con Jerónimo, con Florencia y con Morgan. En aquella época caminábamos hasta que las piernas nos hacían sentir el pleno dolor de la fatiga y casi siempre terminábamos en la librería central, tomando café y fumando. Soñábamos distinto pero soñábamos y ellos querían ser escritores, principalmente poetas, y yo intentaba algo con el cuento, con la novela. Andrés, eres necio, me decía Jerónimo cada vez que le hablaba de la novela. No entiendes, Andrés, que la novela es fracaso, constante fracaso. Florencia decía ¡quédate con los perros románticos! y Morgan, abrazada a Jerónimo, recitaba el poema de Bolaño con su acento americano, recitaba muy emocionada los versos que para nosotros conformaban un himno, una identidad que abrazábamos incluso en el silencio, cuando estábamos separados o cuando dormíamos separados.

Una vez dejamos las cosas en el hotel, Luna y yo decidimos caminar toda la avenida principal hasta que nos dolieran los pies. Los ojos de Luna brillaban ante Moloch que dentro de sí contenía ciertas maravillas. Mientras avanzábamos y una leve brisa de lluvia nos caía, le conté de ellos, de los perros románticos y le conté de aquella vez cuando fuimos al hospital pensando que habíamos descubierto a Guido Enric. Luna reía, Luna reía y pensé que hubiera sido lindo que ella me hubiera acompañado en aquellos tiempos cuando éramos jóvenes y nuestro refugio era la literatura, el ron barato, los cigarros, el sexo casual, Moloch no siendo Moloch. ¿Qué fue de ellos? me preguntó Luna y yo sólo observé el cielo contaminado, el cielo enlodado que flotaba espeso bajando cada vez más lento hasta ser una humareda amarilla, una nata hirviendo que dejaba pasar unas gotas de lluvia. Florencia se volvió a Argentina una vez terminamos la carrera, había una especie de tregua tras la crisis del dos mil y quiso estar un tiempo con sus padres. Me dijo que me fuera con ella pero no quise, no era amor lo que teníamos, era otra cosa pero no era amor. Fue la primera en irse y en el aeropuerto nos abrazamos hasta que tuvimos que usar las palabras. Nos dijo que nos quería mucho y Morgan no dejaba de llorar. Jerónimo le entregó la libreta en la que habíamos puesto nuestros primeros versos. Después partió y después nos escribimos mucho, después muy poco y después nos dejamos. Morgan no regresó a Estados Unidos, ella consiguió una beca en Francia y la despedida fue casi similar. Jerónimo no le dio una libreta, le dio uno de sus diarios, el que contenía, según él, su mejor poesía. Jerónimo y yo convivimos todavía unos cuantos años más en la ciudad, en ese tiempo ocurrió lo de Guido Enric, yo ya trabajaba y él escribía y caminaba y en ocasiones me hablaba por teléfono para decirme que iba a quedarse a dormir en la terminal de autobuses, en el aeropuerto, en una estación de metro. Después supe que tuvo un amorío con una mujer mayor, una mesera que tenía un hijo pero también supe por él que se separaron, que esa felicidad le impedía escribir y por un largo tiempo ya no supe de él.

Llegamos a la torre capital que tiene más o menos unos treinta y ocho pisos. Subimos los treinta y ocho y desde arriba vimos las tripas de Moloch. Luna me abrazó y me dijo que le hubiera gustado conocerme en aquel tiempo, que también le hubiera gustado conocer a mis amigos, que hubiera sido lindo compartir aquellos ayeres cuando Moloch todavía estaba dormido. La ciudad, le dije, no tuvo tiempo de comernos. 

Tiempo despues, en una ocasión, saliendo de trabajar, vi a Jerónimo que me esperaba. Andrés, me voy de aquí, dijo, y me contó que Morgan había conseguido, en España, una entrevista con una editorial, que presentó los versos de Jerónimo y que estaban por publicarlo. Me abrazó muy fuerte, demasiado fuerte, estaba emocionado, me dijo que había conseguido dinero para el boleto de ida. ¿Cuándo te vas? le pregunté, mañana en la madrugada, me contestó. Lo acompañé al departamento en el que vivía, lo ayudé a empacar y me dijo que hiciera lo que quisiera con los libros, que me los dejaba. Tomamos el metro y me pareció Jerónimo un ser demasiado hermoso, muy bello. Estaba más delgado, su cabello le pasaba los hombros y estuvo sonriendo durante todo el camino. Cuando llegamos al aeropuerto hicimos el check in, registramos las maletas, después cenamos un par de hamburguesas y consumimos toda la cajetilla de cigarros que yo llevaba. Pensé en que la ciudad estaba dejando ir al único poeta de mi generación y me dio nostalgia saberlo partir. Vimos a las personas llegar, vimos a otras irse, vimos despedidas como de película francesa y también vimos a los solitarios llegando a la ciudad que les entregaría una desolación mayor, también vimos a los solitarios partir perdiendo un país o entregándose a otra suerte, como Jerónimo. Él me contó que su padre le había dado el dinero para irse a Europa, que había aparecido hace poco con ganas de restablecer una conexión perdida y Jerónimo lo aceptó no obligado sino porque en realidad quería conocer a su viejo. Sigue atorado en los setentas mi padre, me dijo Jerónimo y le pregunté por qué y me dijo que era un hippie degradado pero que ganaba mucho dinero. Trabaja para la Secretaría de Cultura y se la pasa viajando, me dijo presumiéndolo, es el encargado de la promoción de los festivales culturales del país, es un bárbaro. Me dio gusto por Jerónimo, sentí que antes de su viaje todo se estaba acomodando para llegar tranquilo al otro continente. Después hablamos de nosotros, de Florencia, de Morgan a quien iba a volver a ver y, poco tiempo después, anunciaron el vuelo de Jerónimo. Ya está, Andrés, ya es hora, y me pidió que no lo acompañara. Nos abrazamos sabiendo ambos que no volveríamos a vernos. ¿Me visitarás, Andrés? me preguntó y yo le dije que sí, que muy pronto pero yo sabía, no sé cómo, que no iba a volverlo a ver.

Ya anochecía y Luna y yo seguíamos en la torre capital observando las luces de la ciudad que se resistía a detenerse, que se resistía a la oscuridad. ¿Volviste a saber de él, de alguno de ellos? me preguntó Luna y yo le dije que sí, que Morgan me había enviado el libro de Jerónimo a casa de mis padres. Con el libro envió también una fotografía y en ella aparecía Jerónimo mucho más delgado, cansado, apenas sonriente. Murió, me escribió Morgan, todo comenzó con dolores de cabeza, migrañas intensas, que la resonancia magnética indicaba un tumor, que todo pasó muy rápido, que ni siquiera vio publicado su libro. Creo que también le envió el libro a Florencia y también le escribió. El mejor poeta de mi generación había sido mi amigo y había muerto sin saber que era el mejor poeta de mi generación.

Luna se quedó callada y observamos las vértebras alumbradas de la ciudad. Casualmente, en ese momento, ocurría un desfile de disfraces y vimos a las personas, desde arriba diminutas, bailar, festejar. No quisimos bajar debido a que nos iba a ser difícil llegar al hotel por el desfile y decidimos permanecer ahí un rato más y verlo desde lo alto. Entonces, no sé cómo, puse mi mirada en el Palacio de las Artes y vi a cuatro jóvenes caminando abrazados. Quise creer, quise pensar que eran Florencia, Morgan y Jerónimo. Quise creer, quise pensar que también estaba yo ahí. Quise creer, quise pensar que así nos veíamos nosotros. Pero todo había cambiado y también muchas cosas se acabaron. Y abracé a Luna y le dije que yo había cometido el crimen de crecer y Luna me dijo que entre todo ese laberinto yo había estado con ellos, en las entrañas de Moloch apenas despertando, que había estado con ellos hasta que la deshora influyó en nuestro encuentro y que todo acaba pero que también todo empieza. Y quise creer que éramos nosotros caminando abrazados, cansados de tanto caminar, soñando otros sueños pero soñando sabiéndonos absolutos, sabiéndonos nuestros, una vez más, juntos.

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