REX

De todas las cosas que podíamos robar, a Diego se le ocurrió llevarse el esqueleto del tiranosaurio rex. No chingues, le dije, mira todo eso, ¿dónde lo vamos a poner? le pregunté golpeándole la cabeza con un manuscrito original de Sor Juana.

Diego, meses antes, había acordado con el vigilante del museo entrar y llevarse piezas para la venta en el mercado negro. El vigilante, al principio, se vio ofendido pero una vez que Diego le entregó treinta mil pesos en cash, prometiéndole otros treinta mil a la semana del robo, no tuvo de otra y dijo que sí, que sin bronca. Fue entonces que me fue a buscar a mi trabajo y me platicó sobre su plan. Ayúdame, Vicen Luis, me dijo, ya está armado todo, sólo necesito tu troca esa que está destartalada pero que arranca chulo y nos jalamos las piezas, continuó. Yo, como que dudando le dije, no, mano, no friegues, si aquí el jale en el taller está bueno, Dios me envía trabajo, a lo que Diego me pidió que no metiera a Dios en estos argüendes y que no había bronca, que ya había acordado con un malandro de guante blanco la venta de una pieza que él quería, que le iba a dar doscientos mil pesos directo y que si algo más le apetecía de lo que recogiéramos pues que ahí se hacía el bisne, que tenía también la venta apalabrada de otras piezas, que por eso me necesitaba, para llevar todo. Lo anduve pensando un buen rato hasta que una semana antes del robo me fue a visitar al taller. Cuando entró casi la Chones, mi perra que es como doberman pero con cara de pug, le da una mordida como para ya cancelar el robo. Mi perra andaba amarrada pero la cadena es algo larga, razón por la que correteó a mi amigo pero no pudo atraparlo. Diego corrió al verla y se subió a un vocho que ya ni volante tiene y pudo resguardarse de la Chones que andaba brava. Al escuchar al perro fui a ver quién era y ya después Diego me gritó ¡iVicen Luis, amarra tu bestia esa! y le dije, pues está amarrada, deja la meto al cuarto. Ya estando la Chones en el cuarto y ladrando como degenerada, Diego salió del vocho y me preguntó si sí me unía al robo o no. Nel, le dije, está cabrón y él, así de tajo, me enseñó unos diez mil pesos y me dijo que era un adelanto, que me iba a dar unos ochenta una semana después del robo. Y ¿es seguro?, le pregunté y él sólo comenzó a reír y me dijo ¿pues cara de qué me ves? y así, nos dimos la mano.

La noche del robo pasó por mí al taller y nos montamos en la troca. Esa tarde le cambié el aceite y hasta le eché unos trescientos pesos de premium por si las moscas. Le dimos una vuelta al museo y nos detuvimos en lo que sería la parte trasera del recinto. Ya con la troca apagada le habló por celular al vigilante y minutos después, este salió a saludarnos. ¡Tienen una hora, ya apagué las alarmas y los sistemas de seguridad! nos dijo y abrió el portón por donde entramos.

Nunca había visto un museo tan bonito como ese. Estaba lleno de libros, de pinturas, de piezas como que de aztecas y de otros artículos que jamás imaginé. Ahí está el de la monja, me dijo, agárralo. Yo le pregunté que qué tenía que agarrar y me dijo ¿pues qué va a ser? ¡el libro, Che Luis! y abrí los ojos y le pregunté si era de Sor Juana y con la sonrisa en el rostro me dijo que era único y original. El vigilante, después, nos llevó a una especie de bodega y ahí adentro, entre la humedad y chorros de mosquitos y arañas, Diego fue agarrando las cosas por las que iba. Entonces le pregunté que cómo chingaos sabía que todo eso estaba ahí y me dijo, literal, pues es que ¿qué me crees, un ignorante o qué?. Yo sabía que Diego no había terminado ni la primaria y que anduvo jalando en hartos trabajos. Se casó con una agente de un call center, medio fea a mi gusto pero con ella tuvo un par de morros chulos. Ella lo invitó a trabajar ahí y varias veces Diego me llamó por teléfono para ofrecerme paquetes para celular. Lo veía bien. Con el tiempo le fui perdiendo la pista hasta que hace un año me visitó al taller porque su carro tenía problemas y le eché la mano. Ahí me contó que andaba en otros bisnes pero que no podía contarme porque no quería salar la cosa. La verdad es que no quise preguntar mucho y nos echamos juntos unas chelas y unos cigarros platicando de nuestras mujeres y los escuincles esos que tenemos por hijos. Una vez que le arreglé el coche me dio como mil pesos de más y me dijo que me los quedara, por si las flais con el coche. De ahí no volvió hasta que me invitó al robo.

Mientras iba yo acomodando en la camioneta las piezas que me decía, de repente salió de la bodega y me pidió que me apresurara a ver. ¡Es un pinche tiranosaurio rex! me dijo gritando. ¡Es una lagartijota del prehispánico! me dijo. Ah cabrón, le dije ¿no es del jurásico como la película?, ah pinche mono, me dijo, ahora ya te vas a poner intelectual, y yo le dije que la película esa del spilberg decía Parque Jurásico, no Parque Prehispánico y me dijo que él sabía que acá hubo también tiranosaurios y que pues también era prehispánico. No entendí lo que me decía pero lo dejé pasar. Después le pregunté que cómo sabía que era un tiranosaurio ya que los huesos andaban en cajas y bolsas, que si no eran de otro animal y me enseñó aquella monumental quijada seguida de una placa que decía eso, tiranosaurius rex o algo así. ¿Cuántas cajas y bolsas son? le pregunté y él comenzó a mover todo y vimos que eran como cincuenta. ¡Imagínate, Vicen Luis, esta lagartijota de millones de años paseará en tu troca! Ah jijo, le dije, eso suena perrón y entonces fue ahí donde le pregunté que dónde lo íbamos a poner y le pegué con el manuscrito de Sor Juana que no sé por qué lo traía pero se me hacía como que muy religioso y que nos iba a cuidar. El vigilante pasó y nos dijo que teníamos quince minutos para largarnos y le dijimos que sobres y hasta él le entró para subir las cajas y bolsas con los restos del tiranosaurio a la camioneta. Una vez ya todo acomodado y amarrado en la camioneta, salimos del museo y pasamos por unos tacos y unas chelas.

Ya cenados, lo llevé a su casa y bajó las cosas que le interesaba vender prontamente. Llévate el dinosaurio al taller, me dijo, ahí ponlo en el vocho y tus otras chatarras para que nadie se dé cuenta. Anduve tranquilón manejando, ahí anduve escuchando esas cancioncitas bonitas en inglés y me eché unos cuantos tabacos. Pasaron algunos tranchos cerca de mí pero nada de qué preocuparse.

Al llegar al taller, encerré a la Chones en un cuarto y después comencé a bajar los restos de aquel animalote y me quedé un rato mirando la quijada y la supuesta cabezota del rex. Esta madre sí nos comía de un sólo bocado, me dije. Acomodé los huesos en el vocho y en una van y saqué a la Chones, ya sin cadena, para que cuidara el taller y me fui para la casa. Esa noche, al llegar, abracé con harto amor a mi Sara y le dije que mi bisne andaba al ful y que pronto nos íbamos a dar unas vacacioncitas perronas con la familia, hasta van a ir las lagartonas de tus hermanas, le dije y comencé a imaginar a mis cuñadas con cara de dinosaurio. Dormí súper aquella noche.

Al despertar, prendí la tele como siempre y en las noticias decían que había muchos hoyos en las calles, que los ciclistas andaban enojados, que la selección había perdido y esas cosas que siempre se dicen pero que rara vez se solucionan. Me di un regaderazo, desayuné con Sarita y con mis monstruos y de ahí los llevé a su primaria. De camino al taller puse mi música maciza pensando en esas vacacioncitas que nos iba a dar. Imaginé a la Sarita coqueta con su traje de baño luciendo sus prominentes curvas, también imaginé a los monstruos haciendo castillos de arena, a las lagartonas de mis cuñadas echándose unas chelas intentando conquistar gringos, a la serpiente de mi suegra mojándose las patas en la orilla del mar y me imaginé a mí mismo echándome unos güisquis y unos tabacos bajo una palmerota.

Al llegar al taller, abrí la puerta y, como siempre, puse mi radio para escuchar mis tropicales a gusto. La Chones me recibió encantada de la vida pero noté que había por todo el suelo astillas blancas regadas. Ah cabrón, me dije, y entonces pensé ¡el tiranosaurio! y corrí al vocho y a la van y mientras corrí vi huesos y restos tirados, manchados de aceite, de baba, de anticongelante por todos lados. ¡Cómo chingaos le hiciste!, le grité a la Chones y esta, moviendo la cola, agarró no sé si la espina dorsal o la mano o ah saber qué hueso era del tiranosaurio y se lo llevó por ahí. Sólo el pensar que aquél reptil iba a desaparecer entre aceite para auto y los colmillos de un perro me dio coraje y hasta se me bajó el desayuno. ¡Tantos millones de años entre la historia para terminar así, pinche perro! le grité a la babas de la Chones.

Fue entonces cuando en las noticias dieron el pitazo del robo, que el vigilante andaba detenido y que ya había soltado la sopa de quiénes habían robado. Que según lo habíamos amarrado o golpeado y que no se dio ni por enterado de nada pero que sabía quiénes habían sido porque había visto nuestras personas merodear semanas antes por allá y que se sabía la matrícula de memoria de la troca. Fue entonces cuando el locutor dijo ¡y hasta un dinosaurio se lo llevaron! y rápidamente metí los restos del reptil en el tonel para basura y que le ando echando periódico, gasolina y, ya listo, le prendí fuego. No sé qué tanto pasaba por mi cabeza pero me iba llevar millones de años incinerar ese chingado animalote, ahora que lo pienso. Pinche Diego y pinche perro, me dije mientras veía arder aquellos huesos que alguna vez contuvieron unas carnes gigantescas. Poco tiempo pasó para que llegara la policía al taller. ¿Usted es Vicente Luis Amador? me preguntaron y yo les dije que pues no, que ni sabía quién era y entonces me dieron un gancho a las costillas y mientras andaba en el suelo, la Chones que les salta encima y tremenda mordida que le dio a uno de ellos. La terminaron de un balazo y sentí horrible pero también me alegré al saber que la condenadota se había atascado a un tiranosaurio. Una vez me subieron a la patrulla me preguntaron por el dinosaurio y yo les dije que no sabía nada y uno de ellos llegó con un hueso que había recogido del bote de basura. ¡Ya rugió el tiranosaurio! me dijeron, y me dieron en la cabeza con el hueso.

Me llevaron a la cárcel, ahí me encontré con Diego y, en la celda, antes de las preguntas, me platicó que a él lo pararon con la Sor Juana en la guantera y que esa Sor Juana iba a venderla en quinientos mil pesos y yo le pregunté si eran los restos de Sor Juana y me dijo que no fuera idiota, que cómo podía creer meter los huesos de aquella mujer en la guantera, que era el libro con el que yo le había pegado. Ya después confesamos el crimen y salimos en la televisión, en el canal de noticias. Eso lo supe porque la Sarita me lo dijo, me contó que al preparar la comida escuchó mi nombre y se acercó a la pantalla para ver si sí era cierto y ahí me vio, con las esposas al lado de Diego. Me platicó que vecinos y familia le preguntaban si era cierto eso del dinosaurio y ella decía que jamás imaginó que me interesara tanto el arte. Uno de ellos le dijo que eso no era arte, que era paleontología pero que discutieron porque según las piezas de un museo son arte y cosas así. Uno de mis hijos, enojado, quemó un tiranosaurio que tenía de juguete y que mi Sarita lo regaña y que le dice, ya te pareces a tu chingado padre, y él pues que le abraza y le dice que yo era su héroe, que por qué no lo había invitado a ver al dinosaurio y cosas así. Hasta llegó a decir que yo había defendido a la humanidad al haber matado a la lagartija gigante.

Ese mismo día recuperaron todas las piezas que nos llevamos, incluso, al tiranosaurio pudieron rescatarlo, parece ser que entre el fuego y la Chones sólo se perdió un poco de su pata izquierda, ah saber el nombre del hueso.

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